Buscar este blog

viernes, 17 de agosto de 2012

De vez en cuando un poema...


Salve, Reina sin posesiones ni dominios



Si la poesía fuese un ritual
sería el más pagano de todos
Uno abierto a todos los usos y maneras
Un loco rito que al celebrarse
nunca habría de ser igual al último

Si la poesía fuese un beso
sería el más voraz de todos
El más corto, el más eterno
Ese que en el lapso de un suspiro
te deja anclado a una primavera entera

Si fuese un vicio
sería el más placentero
Si fuese una redención,
la más dolorosa

Si la poesía fuese un tiempo
sería el único tiempo por vivirse
Uno de alumbramiento y muerte
Serían las horas muertas de quien espera sentencia
y las horas cruciales de quien encara sus tormentas

Si la poesía fuese un lugar
sería un abrevadero sin dueño
Uno para todos, uno para nadie
Si la poesía fuese un lugar
sería el más común de todos lugares.

martes, 14 de agosto de 2012

Les echo un cuento...


Perros cobardes

“Coño, chico, ¿no has probado lo perritos de la Calle Cuatro?” La respuesta negativa fue como una invitación al cielo. Sonrió con la sonrisa amplia de quienes encuentran la puerta del placer abierta, y empujándolo suavemente con una mano sobre la espalda le dijo que no se iba a perdonar no haberlos comido hasta ahora. Cuando llegaron a la calle cuatro no había donde estacionar, aparcaron dos cuadras más abajo de la esquina donde el vendedor de perros calientes en cuestión se deshacía en los malabares de atender a la clientela en la hora pico. El primerizo dudó ante una larga espera segura. Tenían cuarenta y cinco minutos para volver al trabajo y tenía un hambre de las que nublan el entendimiento. Pero ante la insistencia de quien le invitaba y la promesa de que estos perros iban por su cuenta, optó por esperar.

Ya había invitado a media oficina a comerse los perritos en la calle cuatro. Al ritmo que iba se le iban a agotar los compañeros de trabajo en un par de semanas; y ni hablar del dinero, tomando en cuenta que en la mitad de los casos le tocaba pagar la cuenta. Y es que puestos a ver, aquellos perritos no eran muy distintos de los demás. Pan, salchicha, vegetales, papas fritas, queso rayado y una combinación de salsas entre las que apenas destacaba la de pepitona, con un punto picante, que se llevaba los honores comparada con las demás. Con todo, la susodicha no competía con la salsa de guacuco del perrero de Siete Salsas. Pero para ese entonces estaba claro que no era el sabor de aquellos bocados callejeros lo que le empujaba cada mediodía esa esquina ahogada en el calor del recio mediodía.

Remontar el tráfico y las calles del centro de la ciudad por un par de perros calientes y una cocacola casi fría escondía una segunda intención. Su aparición, casi fantasmal, entre el bullicio, el calor y los comensales de aquel derivado lógico de la industrialización alimentaria, su sonrisa, más allá del bien y del mal, sus ojos de diosa impúber y su manera de andar como si flotara entre la gente y las cosas, entre la calle a mediodía y sus desvelos en la noche. Esa era la razón, la intención escondida y el meollo de una cobardía crónica que no le permitía decir siquiera una palabra una vez que hacía su entrada en escena, llevando consigo las viandas de comida con las que almorzaba el perrero, pasada la hora de mayor clientela.

“Bendición”, dijo como siempre con su voz de terciopelo y atardecer de playa, “Dios la bendiga”, respondió en automático el vendedor mientras sus manos se movían maquinalmente del compartimiento de los panes, al de las salchichas en agua hirviendo y de allí a las salsas, de allí a los vegetales, de allí al queso y de nuevo a los panes. Esa mañana se había prometido hablarle, hacerle un comentario cualquiera,  algo nada profundo, ni revelador, pero que dejara en claro que la había notado entre tanta gente, autobuses, recipientes de salsa y bolsas de papitas. Y por su puesto hacerse notar de una vez, buscando que, con suerte, en un cruce de miradas se asomara a sus ojos y se conmoviera  con tanto amor guardado para ella. Pero el escuálido almuerzo transcurrió sin novedad. La miro besar al padre, intercambiar con él un par de comentarios sobre la rutina doméstica, cargar el refrigerador con refrescos y despedirse, sin que él pudiera decir media palabra, paralizado, frío, con una corriente glacial que le corría de la garganta hasta los huesos. La vio partir de nuevo, desaparecer como flotando en el infierno de las calles de aquella ciudad en pleno mediodía.

Cuando la perdió de vista, y sus pies tocaron de nuevo el concreto de aquella acera sucia, se disfrazó de nuevo con la sonrisa estúpida de quien comparte un secreto irrelevante y le preguntó a su invitado “¿y qué tal?”. “Buenos”, le respondió el compañero sin mucho convencimiento. No pudo ocultar su cara de decepción; otro bolsa a quien invitaba a comerse un perro por no tener los cojones de afrontar solo la angustia de verla sin hablarle, y a éste ni siquiera le habían gustado los perritos. La soledad tiene muchas caras; pero sus rostros más terribles no lucen muecas de horror o tragedias, se maquillan con el desamor cotidiano de quien no sabe romper el silencio que nos ahorca a diario. Mañana será otro día. Amanecerá y veremos. A lo mejor le dure hasta el mediodía el coraje con el que se levanta, tras una noche de desvelo, y consiga hablarle a la deidad cotidiana que le alborota los sueños y no haga falta decirle al mensajero de la oficina – ya lo había escogido para el día siguiente -, “coño, loco, ¿no has probado lo perritos de la Calle Cuatro?”.

viernes, 3 de agosto de 2012

Papeles viejos...


MANIFIESTO DE AGONÍA SONREÍDA


Cuando amanece, y la noche cede a los antojos de la multitud que se despereza,  él se quita el disfraz de poeta y se cuelga su expediente.
            El expediente habitual; nacimos, crecimos, preguntamos, cursamos estudios por un siglo interminables, por un día tan efímeros,  erramos, dimos en el clavo con un saco de monedas, arruinamos un país, pagamos culpas universales, cobramos las nuestras, amamos - porque también queda escrito- ,  nos redimimos, desciframos las claves del consuelo, nos sentamos en la mecedora y morimos.
            Desde un lado oculto de la galaxia se anunciaba que ya no era poeta; ¿Lo  fue algún día? Sólo un instante de vivir como poeta valía más que la vida eterna.  Pero ¿cómo viven los poetas? ¿Como las putas trotando calles a la espera de un guiño certero?, ¿como los dioses bailando la canción del miedo en orgías interminables?, ¿como los duendes sembrando dudas en el asfalto?, ¿como el profeta ebrio que guarda su voz para la historia?,  ¿como el encantador de serpientes que un día duerme la siesta del veneno?, ¿como el tahúr que en un instante de amor se arruina?, ¿como el chamán que guarda la quintaesencia del augurio?, ¿como el ciudadano común herido de muerte por el despertador?, ¿como el hombre que vive “las mil vidas, las vidas del poeta”?.
            El poeta es tan sólo un elemento, la parte incierta del juego, la fiera doméstica de una ciudad salvaje, es el ciego perdido en una playa virgen. Nadie ha vivido como poeta. El poeta desconoce la vida porque no la posee, por eso es libre, a veces demente, muchas veces asesino. El poeta respira como único deber y ama como único castigo. Por eso respira sin vivir; sólo el amor  le eleva negándole el cielo, el amor lo mismo lo entierra y le impide conocer las entrañas del planeta de donde sabe escapó un buen día para forjarse de la llama y el sismo.
            El poeta es mejor poeta cuando calla; el silencio purifica la obra maestra, el verso final, un sortilegio macabro que se aclara en la agonía de muerte. Pero el poeta es poeta cuando habla, cuando afirma, cuando riega excremento de soldados en la paz de los sepulcros.
            Él era el poeta,  plácidamente dormido  con su pasaporte sellado al país fantasmal de los recuerdos. Siempre dueño del mundo que por sesenta  y dos años le fue  ajeno. Toda una vida de poeta vale menos que un instante de amor eterno. 


Febrero de 1995

jueves, 2 de agosto de 2012

Papeles viejos...


LASCIVO

            Crepito en el balsámico fuego de las blasfemias in memoriam del amor. No se puede llevar flores al cementerio de los besos; menos ahora, cuando tus ojos vieron crecer crisantemos en el desierto. Una caricia en mosaico, una explanada al deseo, una fortaleza de himen que espera el asalto, tú. Un adulterio temprano, una ebriedad de hospitales, un alma sana, un cuerpo enfermo, un bárbaro sin caballos, sin espadas, mendigando el favor de Atila, yo... Más tarde algún misionero vendrá a pedir mi alma, Belcebú me la habrá robado, tú maldecirás, entonces aprenderé a besarte. Transpiraré miseria cuando en tus huestes deje mi cimiente. Qué pronto naciste, qué tarde has crecido.

Diciembre de 1994