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jueves, 19 de julio de 2012

De la cripta...


Hablemos con propiedad de la propiedad (Parte I)
Un infierno llamado Banco de Venezuela



“Abandonad toda esperanza.
¡Oh, vosotros los que entráis aquí!...”
Dante Alighieri


¿En qué idioma gestión pública es sinónimo de ineficiencia? ¿Cuál es el código oculto por el cual propiedad estatal significa “sin dueño” o - peor aún - “de nadie”? ¿En cuál manual de procedimiento (o de “buenas costumbres”) la función pública requiere de altas dosis de indolencia?... No me salga nadie con lo del “país de los chaburros” o “esa vaina es culpechiabe” porque, como se verá más adelante, varios de los casos que incitan a las preguntas que acabo de hacer tienen por protagonistas a opositores a toda prueba. Algo que he podido comprobar en los últimos años – y corroborar en carne viva los últimos meses – es que el burocratismo no tiene color político. Lo que quiero, a partir del calvario que acabo de vivir, es pensar un poco en los problemas de fondo con los que se topa nuestra revolución al nacionalizar ciertas empresas. Empecemos por la historia…

Al parecer, mi primer error fue pretender abrir una cuenta en el Banco de Venezuela sin mayores problemas. La Fundación Infocentro, a la que me llamó una gran amiga para hacer equipo en el estado Bolívar, me solicitó que abriera una cuenta nómina en dicho banco, para lo cual me entregó, tras la firma de mi contrato, una carta dirigida a este banco recuperado para todos los venezolanos, según nos cuenta el presidente. Con ese documento, me explicaron las almas nobles de Infocentro, y el resto de los requisitos para abrir la cuenta (referencias personales, bancarias, copia de la cédula y un recibo de luz, teléfono o agua, esto último no es jodiendo) no tendría problemas para abrir la cuenta.

El calvario empezó la primera semana de mayo. Los primeros intentos fueron frustrados por razones realmente increíbles, si se da por cierto que estamos hablando del primer y más grande banco del país: NO HABÍA IMPRESORA. Sí, así mismo; en la oficina principal del Banco de Venezuela de Puerto Ordaz, no había impresora y “por lo tanto no estamos abriendo cuentas”. Después de reírme a gusto me dirigí a la oficina del CC Babilonia, por recomendación de la señorita que me atendió en la principal. Y adivinen… TAMPOCO HABÍA IMPRESORA. Lógicamente, lo que antes me dio risa, empieza a producirme suspicacia. Tú sabes, por esa paranoia ante el saboteo y los “matavotos” (en palabras de Luis Britto) que dice la gente pensante, opositora y de bien, que padecemos los chabestias de este país. Entonces decidí preguntar a la GERENTE de la oficina de Babilonia: “O.K, si no hay impresora, ¿qué estás haciendo tú para que sí haya?”. Su respuesta fue tan precisa como lapidaria: “Eso no me corresponde a mí, Señor”. La siguiente pregunta se caía por su peso: “entonces, ¿a quién le corresponde?”. Su respuesta, de antología: “Bueno, siga votando por Chávez”.

Las semanas siguientes los intentos fallidos se repartieron entre varias causas: “SÓLO ABRIMOS CUENTAS DE LUNES A MIÉRCOLES”, no es jodiendo. “YA LOS NÚMEROS PARA APERTURA DE CUENTA SE ENTREGARON, VÉNGASE MAÑANA, ANTES DE LAS SIETE SI ES POSIBLE”, repito, no es jodiendo. Y el mejor, cuando por fin me atendieron, recibieron mis papeles y todo parecía que iba  terminar: “SEÑOR, SU NOMBRE APARECE MALO EN EL SISTEMA”. ¿Cuál sistema? Pregunté, con un suspiro de agotamiento. “El sistema”, respondió el empleado con una seguridad que sólo dan los años de una burocracia bien asumida. Le mostré mis tarjetas de otros bancos, mi chequera y mis referencias bancarias en las que mi nombre aparece sin ningún error. Y me dijo que él no podía hacer nada. Fue la primera vez que los mandé a la mierda…

Había decidido renunciar a Infocentro, pero la paciencia y la voz de mi amiga-jefa me hicieron repensar la decisión: “No es posible que la burocracia nos derrote con una sola batalla… que esas son las cosas que tenemos que cambiar con nuestro empeño… que el trabajo que tenemos por delante es muy bonito y no podemos dejar de hacerlo (eso es verdad, gracias por la oportunidad), etc., etc., etc.…”

Así que seguí intentando, y entre las ocupaciones de mi trabajo (viajes, reuniones y talleres) se completó el mes de junio (dos meses exactos del primer intento) con otro par de intentos fallidos. Para estas alturas visitar una oficina del Banco de Venezuela, al menos una vez a la semana, se había convertido en parte de mi rutina laboral.

Pero el 6 de julio, un día después de celebrar los 201 años de la firma del acta que dice que nos liberamos de los españoles a quienes les compramos el banco hace poco, tuvo lugar la cumbre de todos mis padecimientos, emociones y confusiones en este infierno que superó con creces la morbosa imaginación de Dante. La chica que me atendió esta vez (toda una excepción de amabilidad y buen trato, hay que decirlo) me dijo casi sonreída: “señor, pero ya usted tiene una cuenta con nosotros”. “¿Qué? No es posible, yo no he abierto cuenta con ustedes”, respondí. “Sí, mire, está abierta en Caracas, el 4 de julio, hace dos días”. La chica me imprimió el papel, en el que aparecen una cuenta corriente y una tarjeta de débito asignadas a mi cédula y mi nombre, indicándome que debía preguntar a mis jefes por esa cuenta. Hechas las averiguaciones, resultó que no era una cuenta nómina, era una cuenta de Fideicomiso (QUE NO SABEMOS QUIÉN ABRIÓ, NI POR QUÉ, es en serio, no es joda, tengo un papel donde consta eso) y que, por lo tanto, tenía que abrir mi cuenta nómina en Guayana, como dios manda.

Lo que me lleva al día de ayer, 18 de julio, cuando con mi extraña historia de la cuenta que no me abrió nadie, me dirijo al puesto de la chica amable (después de una mañana de espera por mi turno) y le pido abrir mi cuenta normalmente. La chica, con cara sinceramente acontecida, me dijo: “Ay, señor, NO TENEMOS MATERIAL, ESTE LOTE DE CHEQUERAS VIENIERON MALAS Y ESTAMOS ESPERANDO QUE NOS LLEGUEN MÁS”. Al ver mi rostro, descompuesto seguramente, me dijo, quizás por mejorar mi expresión con alguna esperanza y no verme salir de su cubículo con esa cara, “pero pase mañana temprano, la valija llega hoy, yo le atiendo sin que haga la cola de nuevo”. Regresé al trabajo, con los sentimientos enredados entre la indignación y la esperanza. Y esta mañana cuando entré a la oficina del banco la funcionaria que administra la cola virtual (no es jodiendo, su trabajo es oprimir la pantalla por usted y entregarle el ticket) nos decía, con rostro de estatua egipcia, “Las aperturas están suspendidas hasta el próximo miércoles, por falta de material”, y cuándo pregunté por la chica amable, me dirigió una mirada que se balanceaba entre la indulgencia y el desprecio: “Ella no viene por el resto de la semana”.

Extrañamente, la primera sensación del momento, antes que se agolparan de nuevo la indignación, la vergüenza política (pues soy de quienes defienden las nacionalizaciones y la propiedad social de los medios de producción), la arrechera pura y simple de saber que ningún banco privado de este país deja una oficina más de 24 horas sin material para apertura, que en ningún banco privado, por grande y complejo que sea, a nadie le toma más de un día abrir una cuenta; en fin, antes de cualquier emoción negativa, sentí agradecimiento por la mentira piadosa de la chica amable, que con su gesto me procuró un almuerzo más o menos tranquilo ayer.

El Epílogo de esta historia no puede ser otro: RENUNCIO A MI INTENCIÓN DE ABRIR UNA CUENTA EN UN BANCO QUE TRATA TAN MAL A SU CLIENTELA y cuyo personal se caga en cada uno de los principios y las ideas por el cual fue nacionalizado. Debo añadir que en mis largas jornadas de espera por atención he visto como desprecian a quien va a cobrar su asignación por la misión, al viejito que va abrir la cuenta por Amor Mayor, a quien va a pedir su crédito para mi Casa Bien Equipada. Mientras se derriten en lisonjas y carantoñas con quien va a tramitar dólares para importar quién sabe qué mierda, o con quién le trae el regalito de Miami, por haberle tramitado los dólares para viajar. Nadie me lo ha contado, lo he visto, sentadito con mi ticket de cola virtual en la mano.

  
P.S.: Sí, renunciar a abrir una cuenta en el Banco de Venezuela, implica renunciar a seguir trabajando con Infocentro (tengo entendido). Es una lástima, pero está más allá de mi alcance. Quise poner lo mejor de mi talento y mi creatividad a su servicio, pero el burocratismo y la indolencia (después de tenerme seis (se lee 6) quincenas sin cobrar) acabaron con mi paciencia. Voy por un café y en una segunda entrega las reflexiones acerca de esta y otras experiencias con la propiedad.

miércoles, 18 de julio de 2012

Oración para conjurar la ignominia y celebrar la esperanza...


Eduardo Nuestro


Para Galeano, en acción de Gracias


Eduardo Nuestro, que estás en las bocas, en forma de pan de pobres, escaso pero bien repartido, o de palabra certera que no llena estómagos, pero sí atraviesa conciencias y silencios de siglos y suspiros y demencias; danos hoy nuestro tamal y nuestro verso, nuestra voz y nuestra arepa, que nuestra mudez se siga volviendo empeño y amor en tus historias, antes que odio y desvergüenza; que nuestro casabe sea la luna de los chamanes que cobran voz en tus cuentos para contar de noche y para alumbrar caminos; que todos nuestros ojos se junten con tus ojos para ayudarnos a mirar ese futuro enorme que con cadencia de mar abierto se balancea hoy bajo la piel de Nuestra América. Déjanos caer en la tentación del error y sus infinitos caminos y líbranos del Bien que no sea para todos y de propia voluntad, como el que pregonan tus palabras de amor por cada ser que se te hermana; amén.

domingo, 15 de julio de 2012

Un largo y doloroso (y amoroso) poema...


Cuando digo vida, digo muerte también
(versos africanos)


I
De cada manera posible
moriste en cada abril del calendario
y tu respiración empecinada
resuella aún en la noche de los tiempos
Agónica luz de faro,
vergüenza de un ser trashumante
exilado del futuro.

Te he visto morir
Cuando los vientos propicios de abril
llevaron cargueros a cazar hijos tuyos
que después serían mis padres
Te he visto morir
Bajo la centella del pico en la piedra,
en la triste huella del río mancillado,
en cada diamante expuesto en vitrina
te he visto morir
En la sombra del vuelo tras el olor de la carroña,
en la mirada perdida
de la inmigrante mil veces violada,
en las espaldas dobladas sacando lustre
a las botas del primer mundo, te he visto morir, Madre,
y sin embargo respiras.

Respiras con un ritmo de sabana mecida por el viento
Con un delicado compás
que, pese a todo, es todo menos agonía
Es el ritmo sabio del corazón de la vieja partera del mundo
que lo mismo lleva dolor
que cadencias de alegría
Nadie nota tu latido
en el estruendo de las capitales
Nadie percibe tu memoria entre tanto olvido
Nadie escucha los cueros de la bravura bantú
llamando a romper cadenas,
ni los caracoles del oráculo yoruba
cayendo sobre la mesa del destino del mundo.

II
Todavía quieren domarte los aurigas de la muerte
Todavía queda leche en tus senos exprimidos
Todavía se masturban soñando poseerte
Todavía les arden tus furores libertarios
Todavía hay quien dice Rhodesia y Congo Belga
Todavía hay quien justifica posesiones de ultramar
Todavía hay quien cree en el apartheid
Todavía hay quien se hace llamar Afrikáner
Todavía quedan velos entre tu destino y tu pueblo
Todavía quedan voces que desconocen tu voz
Todavía la sordera de quien se empeña en vivir del silencio
Todavía la limosna que no redime tu dolor
Todavía hay quien cree que quedas lejos, muy lejos.

III
¿Quién le robo su abril al poeta,
para devolverlo ensangrentado a estas tierras?
¿Quién se atrevió a callar,
y a clamar hoy por un “nunca más” y un conveniente olvido?
¿Cuántas veces caí en cada tutsi?
¿Cuántas me negué en cada Hutu?

¿Cuántos, Ruanda? ¿Cómo, Ruanda?
¿Qué maldita palabra puede albergar tanto dolor
para poder decirte y decirte completa?
¿Cuántos abriles lluviosos harán falta
para poder lavar tanta sangre?

Los veo venir
No traen la voz de tus antiguos
ni el tambor de tu telúrica entraña
No traen el baile de tus súbditos
sino la pólvora de tus amos,
tus nuevos amos
Los que abrieron tu pubis generoso
para saciar su hambre añeja
Los que cuartearon tu rostro con absurdas fronteras
Los que cargaron los barcos negreros
para llevarte lejos
Los mismos que al asomar la patera
abren sus asquerosas fauces para ladrar,
como las abrieron ayer para devorarte sin piedad.

Los veo venir
Son hombres como yo,
niños como yo,
viejos como yo,
negros como yo
Se acercan con el paso firme
de quien cree en todos sus absurdos
Sobre ellos la oscuridad envolvente de una noche larga
¿Quién escribió los preceptos de este odio?
¿Quién puede aspirar el olor de una flor este abril,
cuando todos los zamuros del mundo vuelan con destino a Ruanda?


¿Quién sabe de mi madre hutu y de mi padre tutsi?
¿Quién sabe de ti, Ruanda?
¿Las mujeres que cargan con el peso de seguir vivas?
¿Los genocidas que pretendieron mutilarte?
¿Los que convenientemente callaron?
¿Los que contaron con precisión tus muertos?
¿Los niños que heredaron la muerte como único legado?
¿Los gestores del fracaso de la civilización?
¿Los cineastas de holocaustos?
¿Las academias de historia?
¿Los que ni escapando escaparon?
¿Los que con una condena pública se fueron a dormir tranquilos?

Se sabrá de ti, Ruanda,
cada vez que viajemos a lo más hondo de nuestras miserias
y regresemos en pie de ese viaje

Dios te salve, Ruanda,
Llena eres de gracia…

IV
He aquí que de ti vengo y a ti voy
He aquí que eres semilla de mis semillas

Fruto de tus amores soy,
de tus pesares fruto soy
Me lo dicen los rostros de cada negro de Campoma
y el tambor cimarrón que con el viento del oeste
emprende su vuelta a casa
Me lo dicen Desideria y Pastora,
Bobby Marley y Perucho Cova
Me lo dicen Guillén y Miguel James
Me lo dicen las volutas del tabaco
y el vaivén de las caderas de la negra Encarnación.

Hijo de tu suerte soy
Sangre de tu sangre soy
He aquí que eres luz frente a mi proa
Soy gaviota de tu mar,
cristal de sal en el viento
en viaje de vuelta a tus costas.

miércoles, 6 de junio de 2012

Aquí pensando vainas...


Orgullo e Identidad


Soy de los que creen que esa versión contemporánea del “opio de los pueblos” llamado deporte profesional, sería culturalmente más significativo, más honesto y más divertido, si se le restara la danza de los millones que le sirve de fondo musical y marco televisivo. Pero tranquilos, no voy a llamar idiota a nadie, ni a putear a fanaticada alguna, ni a cagarme en el alma de ningún “pastelero”…

Todo lo contrario, les cuento que soy de los que se emocionan a más no poder con cada gol de la Vinotinto y si ciertos árbitros me conocieran y supieran lo que digo de sus madres y hermanas, mínimo me caerían a trompadas. Me gocé cada out del “no hit no run” del “Gocho”, con redoblado orgullo venezolano y magallanero. No me he perdido una carrera de Pastor está temporada (en vivo, incluidas las madrugadoras) y mi hijo de dos años grita “¡Vamos, Pastor!” cuando juega con sus carritos. Así que dejo claro que en casa somos harto consumidores del deporte de masas; por lo que estas líneas no tienen ánimo de reproche o masturbación intelectual.

Más bien quiero compartir algunas reflexiones con las que casi me he tropezado cuando empecé a hurgar en las emociones que sentí tras ese extraordinario fin de semana para el deporte venezolano; en el que nuestro mejor pitcher dejó clara su calidad, haciendo historia para su franquicia en las Grandes Ligas, nuestra selección de fútbol empató con solidez y prestancia como visitante en Uruguay y nuestra selección de voleibol de arena se clasificó para los Juegos Olímpicos.

Lo primero que me golpeó el pensamiento fue cuan parecidos y cuan diferentes son el Orgullo y la Identidad que se dan a partir de estos triunfos. El orgullo es la emoción pura, es circunstancial y tiene que ver con el momento. En ella se mezclan la alegría, la euforia, el amor patrio, la satisfacción y cada quien la experimenta de modo distinto y con diferente intensidad, pero tienen el mismo origen y el mismo fin: el o la atleta, en el momento del triunfo y todos sentimos que triunfamos un poco con él o ella, o que ese triunfo es también un poquito para nosotros.

Otra cosa es la Identidad, entendiéndola como ese proceso de identificación con el logro (el nohiter, el Gran Premio, la victoria, la medalla) y con el ganador o la ganadora. Es un proceso más prolongado, tiende a permanecer en el tiempo y responde a algo más que a las emociones. En ella tiene que ver lo que reconocemos (más o menos objetivamente) en común con nuestra gloria deportiva. Primero está la identidad nacional, “es venezolano como yo”, luego estarán las coincidencias de clase, la región natal, la disciplina deportiva, y la actitud con la cual se expresan sobre el país, su gente y su realidad, antes durante y pasado el tiempo después del éxito deportivo, cualquiera que éste sea. Este proceso de identificación, asimilación y casi apropiación del triunfo y del ídolo es lo que permite que, más allá de la emoción, el logro y su protagonista se incorporen a nuestra memoria colectiva y forme parte de lo que nos identifica como pueblo, “la Tierra de…”, “el pueblo de…”, un elemento más de “lo afirmativo venezolano”, en palabras de Augusto Mijares.

Quiero poner el foco un momento en el último aspecto que asocié a la Identidad: la actitud con la cual se expresan sobre el país, su gente y su realidad. Un gran atleta es el resultado, antes que nada, de su esfuerzo individual. Eso está claro. Así el no hit no run de Johan Santana habla, primeramente, de su calidad como lanzador, de su condición física debido a su preparación y su constancia. El triunfo de Pastor se debe, antes que nada, a su capacidad y talento como piloto. Luego están factores como la inversión, el acompañamiento, la colaboración del equipo, el grupo de trabajo, las políticas de Estado y gobierno con respecto a los atletas, que tendrán su peso específico en determinados logros y hazañas. Pero un ídolo, una gloria deportiva, no es sólo resultado de la aptitud y atributos individuales. Esa condición se alcanza sólo a través del amor del pueblo (la fanaticada de la ciudad, sus compatriotas o los vecinos del pueblo donde creció) para con él o ella. El ídolo se hace en el amor de la gente, y es a ese amor la que se debe y con el que se establece un inevitable compromiso (que cada atleta podrá asumir luego de la mejor o peor manera). Y es aquí donde cobra importancia la actitud del atleta hacia el país, su realidad y su gente, y más importante aún: antes, durante y después de la victoria.

Orgullo e Identidad, a partir de los éxitos deportivos de nuestros atletas a escala mundial no siempre fueron de la mano. A veces, a penas superaron el efímero momento de la victoria, la heroica recepción multitudinaria, la imposición del reconocimiento oficial. En cambio, hoy los logros, hazañas y triunfos deportivos parecen hablar realmente de lo que somos capaces; se acumulan junto a otros logros, en una cantidad y calidad que el país (al menos desde que tengo memoria) no pudo disfrutar antes. Y sin pasar a revisar cifras de inversión en las áreas de Deportes, Educaión y Cultura (no me corresponde a mí hacerlo), nadie puede negar que algo pasa hoy que no pasaba antes, que nos permite no salir de un momento de orgullo para entrar en otro. Desconocerlo o negarlo sería mezquino y (para algunos) políticamente estúpido.

¿Cuántos campeones mundiales de boxeo no terminaron rayando en la indigencia? ¿Cuántos luchadores, forjadores y artífices de la organización deportiva en disciplinas no profesionales murieron en el más ignominioso olvido? ¿Cuántas glorias de nuestro béisbol han terminado pidiendo la nacionalidad gringa por un asunto de impuestos? ¿Cuántas de esas glorias colabora realmente con la siembra de nuestro deporte acá? ¿Cuántas veces no hemos visto a ciertas “glorias” cagarse en nuestro (su) país, diciendo que “ninguno de ellos (nosotros) le pone un plato de comida a mis hijos sobre la mesa”? ¿Quién no sintió vergüenza o asco ante el otrora fanfarrón de Guillén haciendo y diciendo lo que fuera para que no le quitarán su empleo?”. ¿Ven, cómo orgullo e identidad, en el deporte, no siempre van de la mano?

Vivimos en un país polarizado, es verdad, y cada gloria o superestrella deportiva sabrá como cultiva o desecha el amor que el pueblo venezolano le tiene. Pero su compromiso HOY con el tremendo momento que vive el deporte venezolano lo habrá de juzgar la Historia, y no al calor de las emociones tras su triunfo, si no a la luz de los logros y laureles que habrán de seguir a los suyos.