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miércoles, 18 de julio de 2012

Oración para conjurar la ignominia y celebrar la esperanza...


Eduardo Nuestro


Para Galeano, en acción de Gracias


Eduardo Nuestro, que estás en las bocas, en forma de pan de pobres, escaso pero bien repartido, o de palabra certera que no llena estómagos, pero sí atraviesa conciencias y silencios de siglos y suspiros y demencias; danos hoy nuestro tamal y nuestro verso, nuestra voz y nuestra arepa, que nuestra mudez se siga volviendo empeño y amor en tus historias, antes que odio y desvergüenza; que nuestro casabe sea la luna de los chamanes que cobran voz en tus cuentos para contar de noche y para alumbrar caminos; que todos nuestros ojos se junten con tus ojos para ayudarnos a mirar ese futuro enorme que con cadencia de mar abierto se balancea hoy bajo la piel de Nuestra América. Déjanos caer en la tentación del error y sus infinitos caminos y líbranos del Bien que no sea para todos y de propia voluntad, como el que pregonan tus palabras de amor por cada ser que se te hermana; amén.

domingo, 15 de julio de 2012

Un largo y doloroso (y amoroso) poema...


Cuando digo vida, digo muerte también
(versos africanos)


I
De cada manera posible
moriste en cada abril del calendario
y tu respiración empecinada
resuella aún en la noche de los tiempos
Agónica luz de faro,
vergüenza de un ser trashumante
exilado del futuro.

Te he visto morir
Cuando los vientos propicios de abril
llevaron cargueros a cazar hijos tuyos
que después serían mis padres
Te he visto morir
Bajo la centella del pico en la piedra,
en la triste huella del río mancillado,
en cada diamante expuesto en vitrina
te he visto morir
En la sombra del vuelo tras el olor de la carroña,
en la mirada perdida
de la inmigrante mil veces violada,
en las espaldas dobladas sacando lustre
a las botas del primer mundo, te he visto morir, Madre,
y sin embargo respiras.

Respiras con un ritmo de sabana mecida por el viento
Con un delicado compás
que, pese a todo, es todo menos agonía
Es el ritmo sabio del corazón de la vieja partera del mundo
que lo mismo lleva dolor
que cadencias de alegría
Nadie nota tu latido
en el estruendo de las capitales
Nadie percibe tu memoria entre tanto olvido
Nadie escucha los cueros de la bravura bantú
llamando a romper cadenas,
ni los caracoles del oráculo yoruba
cayendo sobre la mesa del destino del mundo.

II
Todavía quieren domarte los aurigas de la muerte
Todavía queda leche en tus senos exprimidos
Todavía se masturban soñando poseerte
Todavía les arden tus furores libertarios
Todavía hay quien dice Rhodesia y Congo Belga
Todavía hay quien justifica posesiones de ultramar
Todavía hay quien cree en el apartheid
Todavía hay quien se hace llamar Afrikáner
Todavía quedan velos entre tu destino y tu pueblo
Todavía quedan voces que desconocen tu voz
Todavía la sordera de quien se empeña en vivir del silencio
Todavía la limosna que no redime tu dolor
Todavía hay quien cree que quedas lejos, muy lejos.

III
¿Quién le robo su abril al poeta,
para devolverlo ensangrentado a estas tierras?
¿Quién se atrevió a callar,
y a clamar hoy por un “nunca más” y un conveniente olvido?
¿Cuántas veces caí en cada tutsi?
¿Cuántas me negué en cada Hutu?

¿Cuántos, Ruanda? ¿Cómo, Ruanda?
¿Qué maldita palabra puede albergar tanto dolor
para poder decirte y decirte completa?
¿Cuántos abriles lluviosos harán falta
para poder lavar tanta sangre?

Los veo venir
No traen la voz de tus antiguos
ni el tambor de tu telúrica entraña
No traen el baile de tus súbditos
sino la pólvora de tus amos,
tus nuevos amos
Los que abrieron tu pubis generoso
para saciar su hambre añeja
Los que cuartearon tu rostro con absurdas fronteras
Los que cargaron los barcos negreros
para llevarte lejos
Los mismos que al asomar la patera
abren sus asquerosas fauces para ladrar,
como las abrieron ayer para devorarte sin piedad.

Los veo venir
Son hombres como yo,
niños como yo,
viejos como yo,
negros como yo
Se acercan con el paso firme
de quien cree en todos sus absurdos
Sobre ellos la oscuridad envolvente de una noche larga
¿Quién escribió los preceptos de este odio?
¿Quién puede aspirar el olor de una flor este abril,
cuando todos los zamuros del mundo vuelan con destino a Ruanda?


¿Quién sabe de mi madre hutu y de mi padre tutsi?
¿Quién sabe de ti, Ruanda?
¿Las mujeres que cargan con el peso de seguir vivas?
¿Los genocidas que pretendieron mutilarte?
¿Los que convenientemente callaron?
¿Los que contaron con precisión tus muertos?
¿Los niños que heredaron la muerte como único legado?
¿Los gestores del fracaso de la civilización?
¿Los cineastas de holocaustos?
¿Las academias de historia?
¿Los que ni escapando escaparon?
¿Los que con una condena pública se fueron a dormir tranquilos?

Se sabrá de ti, Ruanda,
cada vez que viajemos a lo más hondo de nuestras miserias
y regresemos en pie de ese viaje

Dios te salve, Ruanda,
Llena eres de gracia…

IV
He aquí que de ti vengo y a ti voy
He aquí que eres semilla de mis semillas

Fruto de tus amores soy,
de tus pesares fruto soy
Me lo dicen los rostros de cada negro de Campoma
y el tambor cimarrón que con el viento del oeste
emprende su vuelta a casa
Me lo dicen Desideria y Pastora,
Bobby Marley y Perucho Cova
Me lo dicen Guillén y Miguel James
Me lo dicen las volutas del tabaco
y el vaivén de las caderas de la negra Encarnación.

Hijo de tu suerte soy
Sangre de tu sangre soy
He aquí que eres luz frente a mi proa
Soy gaviota de tu mar,
cristal de sal en el viento
en viaje de vuelta a tus costas.

miércoles, 6 de junio de 2012

Aquí pensando vainas...


Orgullo e Identidad


Soy de los que creen que esa versión contemporánea del “opio de los pueblos” llamado deporte profesional, sería culturalmente más significativo, más honesto y más divertido, si se le restara la danza de los millones que le sirve de fondo musical y marco televisivo. Pero tranquilos, no voy a llamar idiota a nadie, ni a putear a fanaticada alguna, ni a cagarme en el alma de ningún “pastelero”…

Todo lo contrario, les cuento que soy de los que se emocionan a más no poder con cada gol de la Vinotinto y si ciertos árbitros me conocieran y supieran lo que digo de sus madres y hermanas, mínimo me caerían a trompadas. Me gocé cada out del “no hit no run” del “Gocho”, con redoblado orgullo venezolano y magallanero. No me he perdido una carrera de Pastor está temporada (en vivo, incluidas las madrugadoras) y mi hijo de dos años grita “¡Vamos, Pastor!” cuando juega con sus carritos. Así que dejo claro que en casa somos harto consumidores del deporte de masas; por lo que estas líneas no tienen ánimo de reproche o masturbación intelectual.

Más bien quiero compartir algunas reflexiones con las que casi me he tropezado cuando empecé a hurgar en las emociones que sentí tras ese extraordinario fin de semana para el deporte venezolano; en el que nuestro mejor pitcher dejó clara su calidad, haciendo historia para su franquicia en las Grandes Ligas, nuestra selección de fútbol empató con solidez y prestancia como visitante en Uruguay y nuestra selección de voleibol de arena se clasificó para los Juegos Olímpicos.

Lo primero que me golpeó el pensamiento fue cuan parecidos y cuan diferentes son el Orgullo y la Identidad que se dan a partir de estos triunfos. El orgullo es la emoción pura, es circunstancial y tiene que ver con el momento. En ella se mezclan la alegría, la euforia, el amor patrio, la satisfacción y cada quien la experimenta de modo distinto y con diferente intensidad, pero tienen el mismo origen y el mismo fin: el o la atleta, en el momento del triunfo y todos sentimos que triunfamos un poco con él o ella, o que ese triunfo es también un poquito para nosotros.

Otra cosa es la Identidad, entendiéndola como ese proceso de identificación con el logro (el nohiter, el Gran Premio, la victoria, la medalla) y con el ganador o la ganadora. Es un proceso más prolongado, tiende a permanecer en el tiempo y responde a algo más que a las emociones. En ella tiene que ver lo que reconocemos (más o menos objetivamente) en común con nuestra gloria deportiva. Primero está la identidad nacional, “es venezolano como yo”, luego estarán las coincidencias de clase, la región natal, la disciplina deportiva, y la actitud con la cual se expresan sobre el país, su gente y su realidad, antes durante y pasado el tiempo después del éxito deportivo, cualquiera que éste sea. Este proceso de identificación, asimilación y casi apropiación del triunfo y del ídolo es lo que permite que, más allá de la emoción, el logro y su protagonista se incorporen a nuestra memoria colectiva y forme parte de lo que nos identifica como pueblo, “la Tierra de…”, “el pueblo de…”, un elemento más de “lo afirmativo venezolano”, en palabras de Augusto Mijares.

Quiero poner el foco un momento en el último aspecto que asocié a la Identidad: la actitud con la cual se expresan sobre el país, su gente y su realidad. Un gran atleta es el resultado, antes que nada, de su esfuerzo individual. Eso está claro. Así el no hit no run de Johan Santana habla, primeramente, de su calidad como lanzador, de su condición física debido a su preparación y su constancia. El triunfo de Pastor se debe, antes que nada, a su capacidad y talento como piloto. Luego están factores como la inversión, el acompañamiento, la colaboración del equipo, el grupo de trabajo, las políticas de Estado y gobierno con respecto a los atletas, que tendrán su peso específico en determinados logros y hazañas. Pero un ídolo, una gloria deportiva, no es sólo resultado de la aptitud y atributos individuales. Esa condición se alcanza sólo a través del amor del pueblo (la fanaticada de la ciudad, sus compatriotas o los vecinos del pueblo donde creció) para con él o ella. El ídolo se hace en el amor de la gente, y es a ese amor la que se debe y con el que se establece un inevitable compromiso (que cada atleta podrá asumir luego de la mejor o peor manera). Y es aquí donde cobra importancia la actitud del atleta hacia el país, su realidad y su gente, y más importante aún: antes, durante y después de la victoria.

Orgullo e Identidad, a partir de los éxitos deportivos de nuestros atletas a escala mundial no siempre fueron de la mano. A veces, a penas superaron el efímero momento de la victoria, la heroica recepción multitudinaria, la imposición del reconocimiento oficial. En cambio, hoy los logros, hazañas y triunfos deportivos parecen hablar realmente de lo que somos capaces; se acumulan junto a otros logros, en una cantidad y calidad que el país (al menos desde que tengo memoria) no pudo disfrutar antes. Y sin pasar a revisar cifras de inversión en las áreas de Deportes, Educaión y Cultura (no me corresponde a mí hacerlo), nadie puede negar que algo pasa hoy que no pasaba antes, que nos permite no salir de un momento de orgullo para entrar en otro. Desconocerlo o negarlo sería mezquino y (para algunos) políticamente estúpido.

¿Cuántos campeones mundiales de boxeo no terminaron rayando en la indigencia? ¿Cuántos luchadores, forjadores y artífices de la organización deportiva en disciplinas no profesionales murieron en el más ignominioso olvido? ¿Cuántas glorias de nuestro béisbol han terminado pidiendo la nacionalidad gringa por un asunto de impuestos? ¿Cuántas de esas glorias colabora realmente con la siembra de nuestro deporte acá? ¿Cuántas veces no hemos visto a ciertas “glorias” cagarse en nuestro (su) país, diciendo que “ninguno de ellos (nosotros) le pone un plato de comida a mis hijos sobre la mesa”? ¿Quién no sintió vergüenza o asco ante el otrora fanfarrón de Guillén haciendo y diciendo lo que fuera para que no le quitarán su empleo?”. ¿Ven, cómo orgullo e identidad, en el deporte, no siempre van de la mano?

Vivimos en un país polarizado, es verdad, y cada gloria o superestrella deportiva sabrá como cultiva o desecha el amor que el pueblo venezolano le tiene. Pero su compromiso HOY con el tremendo momento que vive el deporte venezolano lo habrá de juzgar la Historia, y no al calor de las emociones tras su triunfo, si no a la luz de los logros y laureles que habrán de seguir a los suyos.

lunes, 28 de mayo de 2012

De vez en cuando un poema...


Credo (obstinado)

Sigo creyendo en la palabra que no cree en nadie
porque apenas puede creer en todos
Sigo creyendo que el tiempo
es el peor invento de Dios
y la mejor excusa del hombre
Creo que todo cuanto baja tiene que subir
Sino serviría de nada la poesía entera.

Sigo creyendo que habrá de llegar el tiempo
cuando el poema no exija enzimas par ser digerido

Sigo creyendo que la mejor metáfora es la desnuda,
aquella que no disimula sus filos asesinos.

Sigo creyendo en nosotros, más que en ti, más que en mí...
  Y es por nosotros
que escribo.