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miércoles, 6 de junio de 2012

Aquí pensando vainas...


Orgullo e Identidad


Soy de los que creen que esa versión contemporánea del “opio de los pueblos” llamado deporte profesional, sería culturalmente más significativo, más honesto y más divertido, si se le restara la danza de los millones que le sirve de fondo musical y marco televisivo. Pero tranquilos, no voy a llamar idiota a nadie, ni a putear a fanaticada alguna, ni a cagarme en el alma de ningún “pastelero”…

Todo lo contrario, les cuento que soy de los que se emocionan a más no poder con cada gol de la Vinotinto y si ciertos árbitros me conocieran y supieran lo que digo de sus madres y hermanas, mínimo me caerían a trompadas. Me gocé cada out del “no hit no run” del “Gocho”, con redoblado orgullo venezolano y magallanero. No me he perdido una carrera de Pastor está temporada (en vivo, incluidas las madrugadoras) y mi hijo de dos años grita “¡Vamos, Pastor!” cuando juega con sus carritos. Así que dejo claro que en casa somos harto consumidores del deporte de masas; por lo que estas líneas no tienen ánimo de reproche o masturbación intelectual.

Más bien quiero compartir algunas reflexiones con las que casi me he tropezado cuando empecé a hurgar en las emociones que sentí tras ese extraordinario fin de semana para el deporte venezolano; en el que nuestro mejor pitcher dejó clara su calidad, haciendo historia para su franquicia en las Grandes Ligas, nuestra selección de fútbol empató con solidez y prestancia como visitante en Uruguay y nuestra selección de voleibol de arena se clasificó para los Juegos Olímpicos.

Lo primero que me golpeó el pensamiento fue cuan parecidos y cuan diferentes son el Orgullo y la Identidad que se dan a partir de estos triunfos. El orgullo es la emoción pura, es circunstancial y tiene que ver con el momento. En ella se mezclan la alegría, la euforia, el amor patrio, la satisfacción y cada quien la experimenta de modo distinto y con diferente intensidad, pero tienen el mismo origen y el mismo fin: el o la atleta, en el momento del triunfo y todos sentimos que triunfamos un poco con él o ella, o que ese triunfo es también un poquito para nosotros.

Otra cosa es la Identidad, entendiéndola como ese proceso de identificación con el logro (el nohiter, el Gran Premio, la victoria, la medalla) y con el ganador o la ganadora. Es un proceso más prolongado, tiende a permanecer en el tiempo y responde a algo más que a las emociones. En ella tiene que ver lo que reconocemos (más o menos objetivamente) en común con nuestra gloria deportiva. Primero está la identidad nacional, “es venezolano como yo”, luego estarán las coincidencias de clase, la región natal, la disciplina deportiva, y la actitud con la cual se expresan sobre el país, su gente y su realidad, antes durante y pasado el tiempo después del éxito deportivo, cualquiera que éste sea. Este proceso de identificación, asimilación y casi apropiación del triunfo y del ídolo es lo que permite que, más allá de la emoción, el logro y su protagonista se incorporen a nuestra memoria colectiva y forme parte de lo que nos identifica como pueblo, “la Tierra de…”, “el pueblo de…”, un elemento más de “lo afirmativo venezolano”, en palabras de Augusto Mijares.

Quiero poner el foco un momento en el último aspecto que asocié a la Identidad: la actitud con la cual se expresan sobre el país, su gente y su realidad. Un gran atleta es el resultado, antes que nada, de su esfuerzo individual. Eso está claro. Así el no hit no run de Johan Santana habla, primeramente, de su calidad como lanzador, de su condición física debido a su preparación y su constancia. El triunfo de Pastor se debe, antes que nada, a su capacidad y talento como piloto. Luego están factores como la inversión, el acompañamiento, la colaboración del equipo, el grupo de trabajo, las políticas de Estado y gobierno con respecto a los atletas, que tendrán su peso específico en determinados logros y hazañas. Pero un ídolo, una gloria deportiva, no es sólo resultado de la aptitud y atributos individuales. Esa condición se alcanza sólo a través del amor del pueblo (la fanaticada de la ciudad, sus compatriotas o los vecinos del pueblo donde creció) para con él o ella. El ídolo se hace en el amor de la gente, y es a ese amor la que se debe y con el que se establece un inevitable compromiso (que cada atleta podrá asumir luego de la mejor o peor manera). Y es aquí donde cobra importancia la actitud del atleta hacia el país, su realidad y su gente, y más importante aún: antes, durante y después de la victoria.

Orgullo e Identidad, a partir de los éxitos deportivos de nuestros atletas a escala mundial no siempre fueron de la mano. A veces, a penas superaron el efímero momento de la victoria, la heroica recepción multitudinaria, la imposición del reconocimiento oficial. En cambio, hoy los logros, hazañas y triunfos deportivos parecen hablar realmente de lo que somos capaces; se acumulan junto a otros logros, en una cantidad y calidad que el país (al menos desde que tengo memoria) no pudo disfrutar antes. Y sin pasar a revisar cifras de inversión en las áreas de Deportes, Educaión y Cultura (no me corresponde a mí hacerlo), nadie puede negar que algo pasa hoy que no pasaba antes, que nos permite no salir de un momento de orgullo para entrar en otro. Desconocerlo o negarlo sería mezquino y (para algunos) políticamente estúpido.

¿Cuántos campeones mundiales de boxeo no terminaron rayando en la indigencia? ¿Cuántos luchadores, forjadores y artífices de la organización deportiva en disciplinas no profesionales murieron en el más ignominioso olvido? ¿Cuántas glorias de nuestro béisbol han terminado pidiendo la nacionalidad gringa por un asunto de impuestos? ¿Cuántas de esas glorias colabora realmente con la siembra de nuestro deporte acá? ¿Cuántas veces no hemos visto a ciertas “glorias” cagarse en nuestro (su) país, diciendo que “ninguno de ellos (nosotros) le pone un plato de comida a mis hijos sobre la mesa”? ¿Quién no sintió vergüenza o asco ante el otrora fanfarrón de Guillén haciendo y diciendo lo que fuera para que no le quitarán su empleo?”. ¿Ven, cómo orgullo e identidad, en el deporte, no siempre van de la mano?

Vivimos en un país polarizado, es verdad, y cada gloria o superestrella deportiva sabrá como cultiva o desecha el amor que el pueblo venezolano le tiene. Pero su compromiso HOY con el tremendo momento que vive el deporte venezolano lo habrá de juzgar la Historia, y no al calor de las emociones tras su triunfo, si no a la luz de los logros y laureles que habrán de seguir a los suyos.

lunes, 28 de mayo de 2012

De vez en cuando un poema...


Credo (obstinado)

Sigo creyendo en la palabra que no cree en nadie
porque apenas puede creer en todos
Sigo creyendo que el tiempo
es el peor invento de Dios
y la mejor excusa del hombre
Creo que todo cuanto baja tiene que subir
Sino serviría de nada la poesía entera.

Sigo creyendo que habrá de llegar el tiempo
cuando el poema no exija enzimas par ser digerido

Sigo creyendo que la mejor metáfora es la desnuda,
aquella que no disimula sus filos asesinos.

Sigo creyendo en nosotros, más que en ti, más que en mí...
  Y es por nosotros
que escribo.

martes, 22 de mayo de 2012

Aquí pensando vainas...

Culinario

Sarrapia, cumache, lau-lau, ají, telita, cachapa, pelao, rayado, coporo, domplín, aguaíto, mazapán, dorado, sapoara, caribe... Palabras, productos, sabores, que de tan cotidianos, tan obvios, se van volviendo invisibles, entre el estruendo edulcorante de otras palabras, otros productos, otros sabores, anunciados con más pompa, más colores y brillantes luces. Enceguecedores destellos del mismo sol de todos los días reflejados en las cuentas de vidrio y los manchados espejos. 
Pero el resultado es el mismo (nos tome un instante o 500 jodidos años), frente a la cuenta de vidrio, frente al espejo sucio, finalmente nos vemos el rostro, nos reconocemos y emprendemos la senda de la tarea pendiente. 
Mi tarea pendiente hoy -lo se después de verme repetido en los espejos de la rebeldía consentida, la libertad pagada a plazos, las instituciones sagradas y civiles, los sabores igualados, los productos en masa y la palabra homogeneizante- es resistir compartiendo lo que por obvio fui dejando de repetir, hasta casi perder su sana costumbre: Sarrapia, cumache, lau-lau, ají, telita, cachapa, pelao, rayado, coporo, domplín, aguaíto, mazapán, dorado, sapoara, caribe... Palabras, productos, sabores que no necesitan ser rescatados (valga la aclaratoria) porque existen y gozan de excelente salud en las prácticas cotidianas de un pueblo más sabio (y paciente) que el más sabio de sus habitantes. Palabras, productos, sabores, que no necesitan nada de mí; soy yo quien necesita de ellos, para reconocerme, ya en el reflejo de cualquier espejo, ya en reflejo del agua limpia que va buscando su destino en el mar frente al cual nací.
Y así, río abajo y rumbo al norte, como en regresión de sonidos, aromas, estallidos de gustos añejos en mi lengua, se van multiplicando las palabras, los productos, los sabores: moriche, caña, chigüire, pan del año, jurel, guacuco, pargo, níspero, pomarrosa, cacao, lamparosa, pepitona, guarapo, chivo, cazón, corocoro, ponsigué... Voy por ellos.

viernes, 20 de abril de 2012

UNA FOTICO AHÍ...

"CASCADA" (Las aguas de Moisés, Cariaco, Estado Sucre. Abril de 2012) Creo que acreditarle tanta belleza a un "creador" es tomar el camino más fácil... Tienen que haber más voluntades impresas (millones de ellas, tal vez) en la luz que porta la belleza al reflejarse y en el ojo espectador que, con asombro, simplemente ve.